jueves, 21 de septiembre de 2017

Lecturas 2017 (II)

Continuación de la lista de lecturas iniciada en junio, con los siguientes diez libros que me he metido este año entre pecho y espalda (yo es que tengo una forma muy peculiar de leer, muy corporal ).

En esta tanda se han colado varios tomos de la saga de Harry Potter, que inicié a finales de la anterior. Luego paré y retomé la intención original de repartir mis lecturas en diversos géneros y añadir algunos clásicos que tenía pendientes, con resultados dispares. En definitiva, son:

Harry Potter y la cámara secreta,
J.K. Rowling (1998).
Salamandra, 2010. 286 págs.

Me parece que de esta no había visto la peli y la verdad es que ha sido una lectura agradable y Rowling empieza a desarrollar los temas que le interesan (como la discriminación). Se nota que es juvenil, hay casualidades increíbles para que no muera nadie y el final es un deus ex machina como una catedral, pero lo del diario de Riddle está ingenioso. Y la extensión del libro aún se mantiene en parámetros razonables.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban,
J.K. Rowling (1999).
Salamandra, 2011. 359 págs.

Esta tercera parte de la saga de Harry Potter se me ha hecho un poco larga, tenía demasiado presente la película y la verdad es que en ella mejoraban bastantes escenas, como todo el tema de Colagusano. O quizá es que es todo muy estándar y los personajes tan planos empiezan a cansar, de Snape a Sirius Black o incluso Lupin. Pero como siempre, el final es emocionante y salva los muebles.

Los gules del Miskatonic,
Graham McNeill (2011).
Edge, 2016. 347 págs.

Malísimo, lo peor que he leído este año y buena parte de mi vida. Personajes absurdos, narración infantiloide, ambientación pésima… lo tiene todo. Ya sé que no es más que una novelucha de encargo ambientada en el mundo de Arkham Horror, ya de por sí estereotípico, pero el autor se esmera en llevar hasta el fango absoluto una premisa así de anodina. Por supuesto no pienso acercarme al resto de la trilogía ni con un palo.

Máscaras de Carcosa, Dani Guzmán.
Ediciones Hades, 2016. 217 págs.

Conocía el estilo de Guzmán de algunos relatos previos y aquí es fiel a sí mismo: Mitos de Cthulhu, adolescentes con problemas y un entorno bien sórdido. Es una historia gamberra, deliberadamente vulgar y en momentos hasta gore. Entiendo que no será de todos los gustos, pero a mí se me ha hecho una lectura agradable y muy rápida.

Harry Potter y el cáliz de fuego,
J.K. Rowling (2000).
Salamandra, 2011. 635 págs.

Con este voy a dejar una temporada a Harry (como mucho me pondré con la obra de teatro). Tiene cosas interesantes pero le sobran cientos de páginas que a mí personalmente no me dicen lo más mínimo, como los mundiales de quidditch, los bailes de gala y todo eso.

Entiendo que Rowling dosifique la información relevante para darle más emoción a la saga, pero creo que aquí se ha pasado y se nota que, aunque maneja muy bien las emociones, las tramas en sí no son su fuerte.

Humanismo y Renacimiento,
vv.aa (S.XV-XVI).
Alianza, 1986. 288 págs.

Una serie de ensayos extraídos de los comienzos del humanismo renacentista italiano. El interés de los mismos varía mucho; cuando se ponen a hacer esas mezclas de teología, filosofía y metafísica es lo más aburrido del mundo, pero me gustan los comentarios sobre la sociedad de la época y ese entusiasmo por crear una nueva sociedad liberada del oscurantismo medieval. Con todo, sólo para interesados en el tema.

Frankie y la boda,
Carson McCullers (1946).
Seix Barral, 2013. 239 págs.

Sigo con McCullers y, aunque es un buen libro, me ha costado más conectar con la historia que en la Balada del café triste. El tratamiento psicológico de la protagonista (una muchacha de 12 años que se debate entre el mundo de la infancia y el adulto) es estupendo, pero el libro parece un tanto inconexo, como si se le pudieran quitar partes sin sufrir menoscabo, y da demasiadas vueltas sobre lo mismo.

Matadero Cinco,
Kurt Vonnegut (1969).
Círculo de Lectores, 2002. 237 págs.

No es lo que me esperaba, la verdad. Se supone que es una crítica contra la guerra y lo que viene a decir es que da igual que haya guerras o no, porque todo es inamovible. Posee un humor curioso, reflejo quizá de las inquietudes de finales de los años 60, pero no me convence. Demasiadas digresiones que apartan continuamente del supuesto meollo, el bombardeo de Dresde a finales de la 2ªGM.

Rebeca,
Daphne du Maurier (1938).
Debolsillo, 2016. 463 págs.

Sí, la de «Anoche soñé que volvía a Manderley». Es una buena novela que ha resistido el paso del tiempo, ambientada estupendamente (esa alta sociedad tan británica) y con el ritmo muy cuidado. Pero por una vez la película era demasiado fiel al libro y ha sido como si estuviera viéndola de nuevo, pero a cámara lenta. Hay alguna diferencia pero nada relevante, y cuando ya conoces lo que pasó pierde mucho interés.

El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares [biblioteca],
Ransom Riggs (2011).
Planeta, 2016. 413 págs.

Muy pobre. Entiendo que no soy el público buscado (es young adult al fin y al cabo), pero ni así se justifica una prosa plana, sin alma, y una sucesión de escenas sacadas de mil novelas anteriores. Por no mencionar el montón de fotos intercaladas para hacer bulto (si necesitas imágenes para explicar tu historia, mal asunto). Menos mal que lo saqué de la biblio y no me gasté un euro.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Adiós, Bruto

Pues parece que sí, que definitivamente la conocida serie de cómics de El Bruto (The Goon, obra de Eric Powell) se ha acabado. Puede pensarse que era algo evidente, ya que no se publica ningún nuevo número desde octubre de 2015, pero no estaba tan claro ya que en el final de la última miniserie, Once Upon A Hard Time, Powell se dejaba la puerta abierta a continuar con una especie de «spinoff» (tentativamente llamado Lords of Misery) que retomara los principales personajes. Pero todo apunta a que no. No por el momento, al menos. Y es una buena ocasión para repasar lo que ha significado este cómic.

En España, la editorial Norma dejó de publicar la serie a partir del volumen 13. Una pena, porque sólo faltaban dos para terminar, aunque no me extraña que las ventas hubiesen bajado porque los últimos tomos eran bastante flojos. Powell daba rienda suelta a su humor gamberro en lugar de hacer progresar la historia y, a pesar de que seguían estando muy bien dibujados (este hombre ha acabado por desarrollar un estilo asombroso), no aportaban gran cosa al que ya conociera la vaina. También os digo que son cómics que usan poco texto y se entienden perfectamente en inglés, que eso no os frene.

Lo que más me interesa es ver qué hace especial a El Bruto, aparte de su calidad artística. Se ha dicho (a menudo de forma peyorativa) que una característica de la cultura actual es la mezcla de conceptos preexistentes, como si ya estuviese todo inventado y sólo fuéramos capaces de crear a través de la fusión. No me siento capacitado para validarlo o no, pero la verdad es que Powell plasma en El Bruto una amalgama de diversos géneros que, sorprendentemente, funciona muy bien. Así por encima, tenemos:

Género negro. Algo evidente sólo con hojear cualquier número. Aquí se prescinde del tradicional detective y se adopta la no menos clásica vertiente de la «narración mafiosa». Ya para empezar, el Bruto es el líder de una banda que controla los bajos fondos de una pequeña ciudad, y sus enfrentamientos con la ley y con otras bandas están presentes desde el principio. También comparte la escala moral de grises propia del noir, como ley frente a justicia, corrupción frente a venganza, etc. La propia ambientación (hay bastantes anacronismos, muchos deliberados, pero los años 40-50 podrían ser una buena aproximación) apunta a ello, así como su galería de femmes fatales.

Sobrenatural. Lo que empezó como un elemento puramente gamberro, e imagino que para diferenciarse de otros cómics similares, ha acabado marcando la serie. Primero eran los zombis que actuaban como una banda mafiosa más, pero Powell ha ido añadiendo elementos del terror clásico, mucho de serie B (aunque esta influencia era más obvia al principio y ha ido desvaneciéndose) y no pocas de las tradiciones de cuentos de hadas (en su versión menos edulcorada, por supuesto). Un cajón de sastre donde cabe todo, sin dar explicaciones lógicas y que el autor usa para contar las historias de desesperanza que le gustan y poder salirse de las típicas peleas entre matones.

Gótico sureño. Personajes retorcidos por dentro y por fuera, monstruos de feria, paletos, fanáticos religiosos, crueldad con ancianos, niños y desvalidos… Muchas de las historias del El Bruto parecen sacadas de lo más tradicional de este género literario, empezando por el propio trasfondo de su personaje principal y sus motivaciones, y la verdad es que es de lo mejor de la serie. Es en estas facetas además donde Powell se deja la piel con los lápices. No olvidemos tampoco su aspecto de protesta social, muy destacado en varios números y que entronca con temáticas del género negro moderno (pienso por ejemplo en Ellroy cuando narra la represión de sindicatos y huelguistas en los años 50).

Sátira. Sí, sátira y humor vulgar y políticamente muy incorrecto, un aspecto que no siempre está presente en la serie pero que cuando lo hace lo domina todo (y puede echar atrás a algunos lectores, la verdad). Powell es un provocador, como quedó claro con la falsa polémica de Satan's Sodomy Baby (una historia que no encontraréis en los tomos recopilatorios, aunque es bastante chorra). También es verdad que ha podido permitírselo por publicar cómic independiente, en una major no se lo habrían consentido, y creo que llega a abusar de ello. Es un elemento que, salvo las pocas veces que se presenta puntualmente, no acaba de encajar con el resto, sobre todo si uno pretende darle una continuidad al conjunto.

Y ahora que tenemos delante toda la serie hay que reconocer que, aunque ha tenido sus fases flojas, ha sabido mantener hasta el final una calidad y un interés encomiables. Y como el gran Watterson, Powell ha decidido jubilar a su personaje estrella antes de alargar innecesariamente su recorrido y perder su sentido original. Ahora toca esperar, a ver si lo retoma algún día y en ese caso si tiene cosas nuevas que contar o verdaderamente ya estaba todo dicho.

lunes, 21 de agosto de 2017

Literatura sicalíptica

¡Por fin vamos a hablar de sexo en Disportancia! Pero que nadie se asuste, será sexo literario. En particular, la literatura erótica española, que vivió una pequeña era de esplendor a principios del siglo XX y es un tema que siempre me ha llamado la atención por lo que tiene de rebelde e ingenuo a la vez.

La literatura erótica ha existido siempre, por supuesto, aunque nuestro país ha ido por detrás de buena parte del continente y en particular de Francia, que en las novelitas que nos ocupan aparece a menudo como origen de la depravación narrada (y es que, hasta hace relativamente poco, «francés» seguía siendo sinónimo de erótico y escandaloso, incluso en la literatura seria). Aunque las primeras obras calificables como tal aparecen aquí a finales del siglo XIX, se vivió un pequeño boom a partir de la Primera Guerra Mundial y sobre todo durante los años 20 y primeros 30. Es muy curioso observar que la dictadura de Primo de Rivera (1923-30), tan mojigata y puritana ella, con su obsesión por la pureza moral del país, no consiga frenar en absoluto esta corriente de literatura erótica y obscena, y que las leyes que existen para perseguirla apenas se aplican. Quizá porque se trataba de una dictadura castrense, y ya se sabe que los militares nunca han puesto reparos al sexo. También sorprende que durante la Segunda República (1931-36) esta producción, si bien no desaparece, sí que se atenúa y la literatura «rompedora» pone más énfasis en lo ideológico y lo social, fruto tal vez de las inquietudes del momento.

Sicalíptico, bonito vocablo tan acotado en época y uso, hoy casi olvidado y sinónimo antaño de todo lo inmoral y picante. Dice la RAE que sicalipsis es «malicia sexual, picardía erótica», y se usa casi exclusivamente para referirse a obras y situaciones de principios de siglo a la guerra civil.

En todo caso no existe un paralelismo directo con el «destape» que tuvo lugar en España al final de la dictadura franquista, en los años 70. Aquí más bien parece que son las corrientes liberales internacionales las que van horadando la decencia tradicional. Por supuesto, pese a su popularidad estas novelas (y revistas y fotonovelas) no dejaban de ser objetos vendidos bajo mano, principalmente en quioscos callejeros y con tiradas de mala calidad que ocultan imprenta, autor y hasta editorial, nunca pensados para perdurar. Es una literatura producida y consumida casi exclusivamente por hombres, a pesar de que algún autor utilice pseudónimos femeninos para, imagino, excitar la libido del lector. Si alguna mujer la leía, era sin duda con más discreción aún que los varones y nunca adquiriéndola directamente.

Con tan amplia producción ya podéis deducir que hay de todo, desde textos sensuales de calidad a la pornografía más chabacana de prosa ramplona. Casi siempre son cuentos de unas pocas decenas de páginas o como mucho novelas cortas, y los temas suelen ser los de siempre. A menudo toman como protagonista a una joven inicialmente pura que va cayendo en las diversas etapas de iniciación sexual con diversos «caballeros», aunque de tanto en tanto le sorprende a uno encontrar homosexualidad, travestismo o las parafilias más diversas, a veces hasta bien tratadas. Autores prolíficos de este género (a menudo bajo uno o varios alias) fueron Pedro Morante, Álvaro Retana, José Sanxo o incluso el famoso Emilio Carrere, que no le hacía asco a nada que proporcionara ingresos fáciles.

Uno de los aspectos que más me gustan, y que a menudo se pasa por alto, son las ilustraciones que atraían la atención desde la portada y que también solían acompañar al texto, seguramente para ayudar a la imaginación. Aunque de nuevo aquí hay de todo, lo cierto es que por lo general son de bastante calidad y hasta elegantes, como las del gran Rafael de Penagos (al que mi padre conoció personalmente cuando este vivía en la calle Ayala de Madrid) o José Loygorri, Max Ramos o Varela de Seijas, por citar a unos pocos. Eran también grandes cartelistas de moda, y el hecho de que los editores puedan pagar su arte para estas obras indica que el negocio daba dinero. En la mayoría de los casos estos ilustradores siguen la estética del art déco que se impone en Europa y Estados Unidos por esas fechas. Se observa en esas imágenes, lo mismo que en los textos, una curiosa contienda entre el ideal de mujer tradicional (rellenita, de carnes prietas y apasionada en la intimidad) y el moderno que iba extendiéndose poco a poco, de mujer delgada, de pechos pequeños y despreocupada respecto al qué dirán.

Es un mundo muy curioso, casi clandestino, que todos conocían pero nadie mencionaba en público, y que queda definitivamente enterrado con la guerra civil y la posterior instauración de la dictadura. Si os interesa el tema, varias editoriales han publicado compendios o facsímiles de algunas de estas obras, amén de que todavía se pueden conseguir originales (aunque no en muy buen estado) en librerías de viejo o páginas de venta de libros usados. Un buen punto de contacto es la antología Cuentos eróticos de los locos años 20 de Clan Editorial (2004), así como la colección La Novela Pasional de la editorial sevillana Renacimiento, pequeños libritos que se leen en un suspiro (de pasión ).